Edurne Pasaban: «La montaña es mi vida, es lo que tengo y se lo transmitiré a Max»

plantilla-mosca-dcha

Como si estuviera en el último campamento en altura y debiera aguardar una ventana de buen tiempo antes de atacar una cumbre, la montañera tuvo que aguardar otra señal antes de regresar a casa. El pequeño se puso rebelde en la habitación y reclamó su hamaiketako. El hamabitako, en su caso, lo que le retrasa media hora. «Empiezo una etapa diferente y aún estoy adaptándome. Poco a poco», señaló la tolosarra con una sonrisa como un Annapurna.

Pasaban, de 43 años, aparece en el hall de la clínica junto a su pareja, Carlos Correia. «Me veis en una situación diferente a las que me habéis podido sacar fotos, ¡eh!», se presenta risueña. La pareja lleva en volandas la sillita en la que reposa Max Correia Pasaban. Mientras centellea el flash, la responsable de comunicación de Policlínica Gipuzkoa, Conchi Roussel, pregunta el porqué del nombre. «Aunque tengo un amigo con un hijo llamado también así, Max viene de Maximiliano…». Edurne Pasaban se detiene unos instantes antes de continuar con una tan enigmática como personal resolución: «Hay una estrella ahí detrás».

Su pequeño astro pesó 4,150 kilos al nacer. «¡Lo que me costó sacarlo!», resopla. De hecho, lo consiguió a través de una cesárea. «Si no, no lo saco», asegura meneando la cabeza.

Curtida en la montaña, Pasaban, que ha superado decenas de desventuras en el Himalaya, incluidas situaciones en las que la tolerancia al dolor se elevó a la altura de la cumbre más alta, admite que sufrió aguardando esa ventana soleada por la que se colara Max. «Fue muy duro. Pasé casi dos días en los que yo no dilataba ni un centímetro». Pero como tantas veces hizo en sus horas de preocupación o incertidumbre en una tienda de campaña, se agarra a lo positivo: «Al ser cesárea, la recuperación ha sido también más fácil».

Sin apenas haber empezado a escalar por la vida, el bebé donostiarra ya ha originado una montaña de emociones en el interior de Pasaban. «Nadie te cuenta ciertas cosas y las tendré que ir experimentando, como la lactancia, que me ha alterado las hormonas, me noto movida», explica.

Carlos Correia juguetea con el chupete de Max mientras su pareja acapara el foco mediático. ¿Y tú cómo lo llevas, Carlos? «Yo lo llevo bien», sonríe. «Para mí ha sido fácil. Ahora lo que queremos es bajar al campo base y empezar a caminar».

En Policlínica dio algún biberón. «¡Más le vale!», tercia la alpinista. «Qué remedio le queda. El día 11 debo estar en Santiago de Compostela -acudirá a un acto de la firma Gore-Tex- y Max se quedará con su padre», avanza.

La tolosarra asegura que «durante un año» no prevé embarcarse en grandes aventuras himalayistas, pero «sé que volveré a la montaña porque es mi vida, es lo que tengo». Y tratará de «transmitirle» a Max su «ilusión por la montaña».

Sus próximos objetivos, por tanto, son más cercanos. «El primero, cuidar de este», apunta mirando a la sillita. «No estaré quieta, pero con calma. Sin descartar ir al monte y hacer cositas».

Entre estas, resalta su aventura más inmediata, que llegará en septiembre. «Iré a Islandia con idea de escalar, pero esta vez lo haré con Max. Me lo quiero tomar con tranquilidad y sé que algún día volveré a las montañas. Es mi vida y lo va a seguir siendo. Será diferente porque está Max y debemos ir aprendiendo a adaptarnos».

Autor: Oskar Ortiz de Guinea
Fuente: El Correo

Edurne Pasabán es alpinista de élite y conferenciante Diserta

 

Esta entrada fue publicada en Capital Humano, Deporte y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Los comentarios están cerrados.